El amor es una responsabilidad de un yo por un tú
Martín Buber[1]
Para que la autoridad de madres y padres sea vivida y comprendida por los hijos e hijas como algo positivo – que no representa los modelos represores o autoritarios, ésta tiene que plantearse en vínculos que promuevan el apego emocional. Cuando esto ocurre, se produce un alejamiento de prácticas violentas ya que las madres y padres encuentran maneras de manejar sus emociones, reconocer y expresar su rabia, regular su agresividad y principalmente encontrar palabras.
A menudo las personas adultas golpean a sus hijos e hijas porque no tienen un lenguaje adecuado para hablarles”[2].
La convivencia familiar registra circunstancias tales como la hora de dormir, bañarse, las comidas, las tareas escolares, entre otras, donde aumenta la tensión cuando las cosas no suceden como la madre o el padre espera.
A menudo, esta tensión tiene la siguiente secuencia: “hablar-convencer-discutir-gritar-pegar”[3]. Al llegar al último recurso de esta secuencia, la madre o el padre está en un clima emocional de desborde y violencia: todo parece ser una “batalla”.
Recuperar el clima emocional es fundamental para que las madres y padres puedan ejercer su autoridad y que los hijos e hijas se sientan seguros y protegidos. Con el lenguaje analógico – el tono de voz, la postura corporal y los gestos de la cara – se transmite el clima emocional.
Cada etapa de la vida del niño, niña o adolescente puede describirse observando sus necesidades y potencialidades, su capacidad de aprender, en un proceso constante y abierto, a partir de la imitación del ejemplo y del ensayo – error.
Es importante reconocer que los niños, niñas y adolescentes, de acuerdo a la etapa de desarrollo que viven tienen determinada capacidad de entendimiento o razonamiento y características particulares. No son pequeños adultos.
Entender esto es clave para las madres y los padres, pues no es posible exigir la misma capacidad de atención y comprensión a un niño de 2 años que a una niña de 5, ni tampoco es posible aplicar las mismas sanciones.
Conocer más acerca del desarrollo evolutivo de los hijos e hijas puede ayudar a las madres y padres a saber que esperar y que poder exigirles a la hora de educarles y ponerles límites.
Los bebés no podrían sobrevivir sin una relación con la mamá, el papá y/o cuidadores, que los proteja integralmente a través de:
Este proceso de apego no ocurre sólo con la madre, sino también con el padre y/o cuidadores.
En esta etapa, poner límites está relacionado con ir discriminando y ayudando a los bebés a entender qué les sucede. Por ejemplo, las madres y los padres van “interpretando” el llanto de sus hijos e hijas: “es un llanto porque tiene sueño, hambre, calor o quiere mimos”. Y de esta manera, respondiendo a las necesidades de los bebés, las madres y los padres van organizando una rutina que va siendo más estructurada a medida que van creciendo.
Los niños y niñas en esta etapa desarrollan paulatinamente mayor independencia física de las madres y los padres. A partir de los nueve meses, los bebés comienzan a gatear, pararse y alrededor de los doce meses, a caminar. Al mismo tiempo, empiezan a pronunciar las primeras palabras y frases. Al llegar a los 2 años, los niños y niñas construyen el significado de la palabra “yo”, aspecto que revela su primer sentido de independencia de la mamá.
Los límites en esta etapa están relacionados principalmente con dos aspectos: la rutina diaria y la seguridad integral de los niños y niñas.
Las madres y los padres deciden el horario para despertarse, comer, bañarse, jugar y el lugar donde estas actividades van a ser realizadas. Por ejemplo, comer en la mesa y no en el dormitorio o jugar en la sala y el patio pero no en la cocina. De esta manera, se proponen límites a partir de los cuales los niños y niñas aprenden las nociones de tiempo y espacio.
Cuando empiezan a caminar, los niños y niñas deambulan de un lado a otro, tocando todo aquello que está a su alcance, especialmente aquellas cosas riesgosas para ellos como parte de su aprendizaje. En estos momentos, algunas maneras de poner límites podrían ser:
Otra manera de poner límites es enseñándoles a pronunciar las palabras. Es importante hablarles correctamente, evitando el uso de diminutivos. Burlarse de la mala pronunciación o corregirlos con castigos físicos puede hacer que el niño o niña se sienta descalificado.
En esta etapa el lenguaje y la motricidad continúan su desarrollo con saltos cualitativos. Es el período de la vida donde el juego es la actividad principal. Empieza siendo una actividad más solitaria y egocéntrica hasta poder incluir a otros niños y niñas.
En esta etapa los niños y niñas aprenden a comer solos, a controlar sus esfínteres, a cambiarse la ropa con ayuda, señales que van confirmando su sentido de independencia y autonomía. Una manera característica de hacerlo, es a través de los berrinches o rabietas, donde los niños y niñas no pueden expresar sus deseos o necesidades de una manera en la que las madres y los padres puedan comprenderla, creándose así un clima emocional de alta intensidad.
Los niños y niñas podrían tener un berrinche cuando no se sienten mirados, atendidos, o no aceptan el límite que acaban de recibir. Podrían interpretar que ese “no” (por ejemplo, no te voy a comprar el autito ahora) es un “no” a él o a ella misma. A veces, los padres o cuidadores ceden frente a estos berrinches, haciendo que sus hijos e hijas identifiquen los mecanismos para desafiar las reglas de la familia, y perdiendo de esta manera autoridad. El niño o niña no se siente seguro, sino todo lo contario: encontró una manera de tener poder sobre su madre, padre o cuidadores.
Hacia los 4 y 5 años los niños y niñas son activos, se muestran más seguros en sus movimientos corporales como correr, saltar y empiezan a desarrollar su motricidad fina como pintar, dibujar, abotonar. Son imaginativos, espontáneos. A veces, confunden la realidad con la fantasía. Son curiosos, hacen muchas preguntas a los adultos. Pueden hablar de sus necesidades y emociones, pero les cuesta ponerse en el lugar del otro.
Esta es la etapa en la que reciben más castigo físico, conforme lo indican los estudios realizados en el país y a nivel internacional.
Es la etapa en la cual los niños y niñas entran al sistema escolar, con nuevas reglas, rutinas y responsabilidades.
Entre los 6 y 7 años los niños y niñas tienen mucha energía. Su coordinación sigue mejorando, pueden escribir y manipular mejor los objetos. Siguen teniendo un corto período de atención. Buscan actividades que involucran acción.
Entre los 7 y 11 años el pensamiento es concreto, los niños y niñas están ligados todavía a sus experiencias concretas, necesitando manipular objetos para comprender. Pueden resolver problemas. Tienen la coordinación necesaria para aprender destrezas físicas y los períodos de atención aumentan. Les gusta estar en grupos de su mismo sexo y empieza a ser muy importante lo que el grupo piense o haga.
En esta etapa las madres y padres pondrán mayor énfasis en:
Los adultos en el hogar, deberán ponerse de acuerdo en las reglas de convivencia familiar, así como sobre las consecuencias en caso de que los hijos e hijas no cumplan con las mismas.
Esta etapa podría dividirse en dos: pre-adolescencia y adolescencia. Ambas etapas se caracterizan por el desarrollo de un pensamiento cada vez más abstracto.
La pre-adolescencia es una etapa que se ubica entre la niñez y la adolescencia, comprendida entre los 11 y 13 años aproximadamente. Ésta se caracteriza por los primeros cambios físicos orientados a la madurez psico-sexual.
Los pre-adolescentes con respecto a la etapa anterior tienen más desarrollada la capacidad de mirar hacia el futuro y ver las consecuencias de sus acciones. En este período comienzan a enamorarse.
La adolescencia presenta grandes cambios físicos para niños y niñas, en altura y peso, así como a través de la aparición de las características sexuales propias de los varones y las mujeres. Es una etapa de cambios permanentes donde los hijos e hijas pueden mostrar inestabilidad en el estado de ánimo, desafiar a los adultos y sus creencias, priorizan las actividades y opiniones de su grupo.
La pre-adolescencia y la adolescencia no es sólo ocasionan una crisis vital que afecta a los hijos e hijas, toda la familia está envuelta en esta transformación.
Es importante que las madres y padres estén atentos a los cambios de sus hijos e hijas, no desde un lugar de control sino de acompañamiento. Es necesario conversar y convenir pautas y límites con los hijos e hijas respecto a temas tales como: el horario de estudio, de salidas, las fiestas, las compañías, el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas, la conducción de vehículos y el cuidado sexual, entre otros. Es esperable que los adolescentes se cierren al diálogo con las madres y los padres, sintiéndose controlados por éstos.
En esta etapa, las madres y padres podrían ceder en aspectos que hacen a la independencia de los hijos e hijas, como el corte de pelo, la vestimenta y las preferencias musicales. Pero, al mismo tiempo, deberían ser firmes con las pautas y límites que dan seguridad y contención a los hijos e hijas, como en el caso de los temas relevantes mencionados en el párrafo anterior.
[4] Espeche, Miguel. “Criar sin Miedo”“El no de los padres dicho con auténtica autoridad es, en verdad, un si en un sentido más amplio”
Miguel Espeche[4]
A continuación se proponen algunos recursos y técnicas que puede ayudar a madres y padres en la difícil tarea de educar y poner límites a sus hijos e hijas sin emplear la violencia. Estas recomendaciones pueden adaptarse a cada etapa del desarrollo del niño, niña y adolescente.
Parar, calmarse y pensar: Cuando el niño o la niña o adolescente está haciendo algo que no debe y no hace algo que sus madres y padres esperan, es muy fácil caer en la tentación de “pedir-hablar-gritar-pegar”. Para evitar esto, los adultos pueden detenerse, calmarse
respirando hondo, haciendo una pausa y pensar desde una visión diferente. Podrían hacerse algunas preguntas en ese momento:
De esta manera, madres y padres podrían estar en un permanente proceso reflexivo acerca de cómo están ejerciendo su autoridad y como están siendo vistos por sus hijos e hijas.
Decirle al niño, niña o adolescente lo que debería hacer y lo que no: Los adultos deben ponerse de acuerdo entre sí primero sobre las conductas deseadas y decirle a los hijos lo que esperan que hagan o dejen de hacer, de manera serena, clara y firme.
Abrazar al niño, niña o adolescente: Uno de los mayores gestos de autoridad es el abrazo”[5] y en todas las edades, madres y padres pueden ofrecer un abrazo como límite a los hijos e hijas. Al abrazarlos, pueden sentir el contacto del cuerpo con el otro: un cuerpo que mece y que acuna trae a la memoria emotiva el recuerdo físico de los brazos de la madre o de la figura “maternante”. El abrazo cálido y firme da un “contorno”, un límite, es un poderoso mensaje de “hasta acá podés”. Calma esa sensación de angustia y de no sentirse escuchado, que de alguna manera, los niños, niñas y adolescentes experimentan cuando se desbordan emocionalmente.
[5] Espeche, Miguel. “Criar sin Miedo”En los momentos de berrinches, característicos de los niños y niñas entre los 2 y 5 años, las madres y padres o cuidadores podrían entender que la necesidad del hijo o hija de ser mirado, atendido y escuchado es expresada de forma “¡¡¡quiero que me compres un juguete o un dulce!!!. A esta necesidad afectiva desplazada hacia el reclamo de un objeto -que a su vez tiene un significado afectivo- podrían responder con un abrazo y algunas palabras que contengan, sin ceder a comprar algo que, en definitiva, el niño o niña no desea.
Refuerzo verbal de conductas positivas: Las madres, padres o cuidadores, cuando el niño, niña o adolescente tiene un buen comportamiento, pueden emplear frases como: ¡Qué bien!; ¡Te felicito!; ¡Lo lograste!; ¡Estoy orgullosa de ti!; ¡Cómo estas creciendo!; ¡Mira todo lo que ya aprendiste!; ¿Has notado lo bien que hiciste tus tareas?, entre otras.
Estas palabras o expresiones confirman y validan al hijo o hija y sus logros, en el proceso de ir aprendiendo a vivir en el mundo que le rodea. Al escucharlas, comprenden lo que sus madres y padres esperan de ellos y se sienten estimulados a querer seguir haciéndolo, buscando su reconocimiento.
Dejar que asuman las consecuencias de sus actos: A medida que van creciendo, los niños, niñas y adolescentes van teniendo más responsabilidades en la casa, como cuidar y ordenar sus juguetes o su pieza y en la escuela, hacer las tareas. En este proceso de ejercicio de responsabilidad y autonomía, es importante que conozcan y asuman las consecuencias de lo que hacen o dejan de hacer, obviamente siempre y cuando esto no implique riesgos para su integridad o su salud. Para ello, las madres y los padres o cuidadores podrán decirles y anticiparles lo que va a ocurrir si no actúan debidamente, dejando que los niños, niñas y adolescentes enfrenten sus propias responsabilidades. A modo de ejemplo, si deciden no hacer su tarea o se olvidan, dejar que vayan al colegio sin la misma y reciban la sanción de la profesora o del profesor.
Luego, en un clima de calma y serenidad, podrían conversar juntos para reflexionar sobre la experiencia vivida y sacar aprendizajes de la misma.
Dialogar: A partir de conversaciones, las madres y los padres o cuidadores pueden guiar a sus hijos e hijas a imaginar y expresar los anhelos y metas para su vida. Así como, compartir momentos de reflexión acerca de las consecuencias de las acciones que realizan. Además, pueden ayudarlos a expresar sus emociones, hablar de los conflictos y encontrar maneras para solucionarlos.
El juego: A través del juego los adultos pueden compartir los mismos códigos con los niños y niñas logrando conectarse desde lo emotivo, lo que ayudará a que sus hijos e hijas pequeños les presten más atención sobre aquello que desean enseñarles.
A través del juego y las canciones, los niños y niñas pueden aprender a hacer cosas como ordenar sus juguetes.
Otra forma, puede ser mediante la lectura de cuentos. De estas maneras las madres y los padres pueden ir transmitiendo ideas acerca de sus concepciones del mundo, además de ir estimulando el lenguaje. Lo que a su vez, proporciona más elementos cognitivos y emotivos para que los niños y niñas comprendan lo que sus madres, padres y cuidadores esperan de ellos.
Con los niños y niñas mayores y adolescentes, los adultos podrían lograr una aproximación similar para dialogar mejor y obtener la atención de los mismos, conociendo y compartiendo algunas actividades de interés de los hijos e hijas, como sus programas favoritos de tv o jueguitos electrónicos, o temas musicales, por citar algunos ejemplos.
Suspenderles algo que les gusta: Esta forma de castigo o sanción se aplica avisándole al niño, niña o adolescente previamente que si no deja de actuar o hacer determinada cosa que está mal se le suspenderá una actividad que le agrada, por ejemplo va a dejar de ver la televisión por dos días o no va a poder ir a una fiesta. Las madres y padres tienen que prometer algo que puedan cumplir y luego cumplir con lo estipulado para no perder autoridad ante los hijos e hijas.
Tiempo de exclusión (time out): Este procedimiento se utiliza con la intención de reducir la frecuencia de un comportamiento que las madres y los padres o cuidadores consideren inadecuado, negándole al niño, niña o adolescente cualquier oportunidad de que refuerce el mismo, como por ejemplo “el querer ser siempre el centro de atención”. Las madres y padres envían al niño o niña a un lugar aparte a pensar sobre lo que hizo. El tiempo de exclusión debe ser acorde con la edad del hijo o hija. Si estamos hablando de un niño de 5 años, el tiempo no debe ser mayor de 5 minutos, si es un niño de 8 años, podría permanecer 8 minutos en un lugar pensando.
Este método, al igual que las variantes del mismo que se detallan a continuación, es apropiado para niños y niñas a partir de 2 años en adelante. Otra forma en que se aplica es cuando los cuidadores avisan al niño, niña o adolescente que están observando su conducta y le comunican que tendrá hasta tres oportunidades para cambiar de comportamiento. Si no lo hace, irá a otro lugar, por ejemplo su dormitorio, por un periodo de tiempo conforme con la edad. Esto ayuda a que tanto el padre y la madre como los niños, niñas y adolescentes estén en control de sus emociones, poniendo el foco en la acción que los hijos e hijas deben dejar de hacer. Este último método es también conocido como “1-2-3 Magia”[6].
[6] Este método es una variante del tiempo fuera y fue desarrollada por el psicólogo norteamericano, Thomas Phelan.Asimismo, los adultos podrían usar este “tiempo fuera o de exclusión del niño” para reflexionar y encontrar las palabras adecuadas para dialogar con su hijo o hija, en un clima emocional afectuoso, sobre el motivo por el cual es importante que él o ella deje de hacer aquello que se le pidió.
Variantes del tiempo de exclusión al momento de ser implementado:
Período de exclusión de la actividad: se le prohíbe al niño, niña o adolescente participar en una actividad entretenida en la que estaba participando. Por ejemplo: si el niño, niña o adolescente está jugando con la pelota afuera de la casa con otros amigos. La madre, padre o cuidadores dijeron antes de que comience el juego: “pueden jugar con la pelota afuera, adentro de la casa no”. De repente quiere entrar a la casa y seguir jugando con la pelota donde están los niños más pequeños y cosas que se pueden romper. En este ejemplo, se le obliga a dejar el juego de pelota con los amigos, mientras estos continúan, diciendo “ahora no vas a jugar a la pelota, quedáte afuera del partido pero podés mirar a tus amigos”.
Período de exclusión en otra habitación: Al niño, niña o adolescente se le prohíbe que participe en la actividad, y también que la observe, pero no se lo aísla totalmente. Por ejemplo, se queda adentro de la casa con los demás niños pequeños mientras los amigos juegan afuera a la pelota.
Período de exclusión en otro sitio: se le prohíbe que participe en la actividad, que observe y se lo envía a otro lugar como su dormitorio por un tiempo determinado conforme con la edad.